Democracia y derechos·OPINIÓN

Protestar no es saquear: defender la calle exige distinguir

Condenar los ataques y proteger el derecho a manifestarse son obligaciones democráticas compatibles.

Artículo elaborado con asistencia de IA. Las afirmaciones de actualidad se apoyan en las fuentes enlazadas al final.

Las últimas semanas han dejado escenas preocupantes en varias ciudades: concentraciones, enfrentamientos, comercios dañados y detenciones. En Barcelona, RTVE informó de 128 detenciones tras unos disturbios; en Bilbao, la protesta contra un acto universitario terminó también con incidentes y arrestos. Cada episodio merece una investigación concreta y una respuesta proporcionada.

La primera distinción es sencilla: manifestarse pacíficamente no equivale a agredir ni a destruir. Si se confunden ambas cosas, se castiga el derecho de reunión por los actos de quienes cometen delitos. Si se minimizan los ataques, se abandona a quienes sufren sus consecuencias y se debilita la convivencia que hace posible la protesta.

También importa el lenguaje de quienes ocupan cargos públicos. Atribuir de inmediato la violencia a un bloque político entero, sin pruebas concluyentes, sustituye la investigación por una etiqueta. Condenar los daños y pedir que se identifique a sus responsables no obliga a convertir cada altercado en un arma partidista.

Las redes pueden acelerar convocatorias y rumores; eso exige información rigurosa y respuestas policiales sometidas a control. Pero la posibilidad de que una convocatoria derive en violencia no vuelve sospechosa cualquier protesta. El estándar democrático debe ser el mismo para todos: hechos probados, responsabilidades individuales y garantías para quienes ejercen sus derechos.

La calle es un espacio de desacuerdo, no un escenario que pertenezca a quien más intimida. Defenderla requiere proteger a manifestantes, vecinos, comerciantes y agentes; además, exige no usar el miedo como atajo para restringir libertades. Una democracia puede ser firme ante la violencia sin renunciar a escuchar el conflicto que se expresa antes de ella.

Fuentes consultadas

Una opinión de Inés Salvatierra